Maldición del ganador

Piensa bien lo que deseas, no vaya a ser que cuando se convierta en realidad, te arrepientas.

Correa quería que Lenin gane, pensando que garantizaría su legado; pero no fue así. El gobierno deseó con tanta fuerza a finales del año pasado conseguir los votos para aprobar su reforma fiscal, que terminó obteniéndolos, con creces y paradójicamente, un domingo de feriado: para su desgracia en la forma de una “resolución para disponer su publicación en el registro oficial”, decisión legislativa que dista de lo que la Constitución y la Ley exigen para la plena vigencia de varios impuestos este 2020.

El sistema financiero deseó y obtuvo, en la -estrepitosamente fallida- primera versión de la reforma fiscal, el texto íntegro de su carta a papa noel. Tan al pie de la letra, que ese importante avance legislativo para la industria financiera terminó utilizado por sus detractores correistas y socialcristianos para implosionar el trámite. Nunca ha estado tan lejana esa necesaria reforma que ahora, cuando ha quedado expuesta y se convirtió en rehén del cacofónico debate político.

La maldición del ganador es una figura de la literatura académica en ciencias económicas y psicología. En resumen, la maldición sucede cuando ganar conlleva sacrificios mayores a los que, en primera instancia, se planificaron para conseguir el triunfo.

El ejemplo más gráfico que conozco es el del mundo de las subastas: quien oferta y gana en una puja, ignora y nunca sabrá si su oferta pudo haber sido más baja, al menos tan baja como aquella a la que venció pujando.

Ojalá sirva esto de advertencia para los nuevos liderazgos y clientelismos políticos, embelesados en su minuto de gloria. Ojalá los economistas proyecten y ponderen el tenor del ajuste económico; y, finalmente, ojalá nutran estos conceptos el pensamiento estratégico ad portas de la campaña electoral. Los éxitos personales, las decisiones políticas y los triunfos electorales, en política sobre todo, suelen acarrear costos que para el ganador pueden ser maldición.

Publicado en Diario Expreso el 17 de enero de 2020

No positivo

Algunas personas saben decir que no mejor que otras. Negarse sin dañar relaciones es un talento útil en estas épocas: al compatibilizar compromisos familiares, al cancelar una cita para evitar el tráfico, al frenar la carrera de los regalos o la pesada dieta de varias semanas festivas. 

Decir que no es igual de importante en la política. Dar negativas que eviten el ‘impasse’ es mucho, pero mucho más que los histriónicos votos legislativos y los consabidos tuitazos.

Tan importante debe ser para la sociedad este tema que el mismísimo William Ury le dedicó su guía El poder de un no positivo.

Según él, cada vez que usamos la palabra “no” lo hacemos para proteger un interés superior. Por ello decimos que no a la persona que nos requiere en un tiempo o espacio reservado para la familia o para nosotros mismos. Es por eso que le decimos que no al peligro: para protegernos nosotros mismos o a nuestros seres queridos. El no que pronunciamos tiene siempre oculta otra cara: la del “sí” que buscamos garantizarle a ese interés superior. 

Una negativa rotunda a los desmanes de octubre hubiera significado una afirmación del respeto y de la paz. El no a los indígenas que buscaron legitimarse en un declarado 7 % de la población lleva subyacente, acaso lo olvidamos, un si al 93 % de los ecuatorianos. Al igual que todos debemos aprender a decir que no en nuestra vida privada, también debemos exigirlo de nuestros políticos.

Para ello sugiere Ury que nos imaginemos cada no que pronunciamos cómo si fuera un árbol. Las raíces serán aquel interés que queremos proteger, aquello que es importante para nosotros y que justificará la negativa. El tronco será el no, tan largo como sea posible, fundamentado en las raíces en las que se sostiene. Por último, las ramas, que son la oportunidad vislumbrada a futuro: deberá llevar opciones positivas para no quedarnos en la lacerante negativa. 

Ojalá nuestros políticos aprovechen estos días para practicar sus “no positivos”. Justamente porque el año 2020 pinta duro es que debemos exigirles que sepan proteger nuestro interés superior.

Retina recomendada

La genial nota de Retina sobre persuasión, hace pocos días, pone sobre el tapete con sencillez el carácter emotivo de las decisiones de negocio. Esto, a su vez, es la mejor evidencia de la necesidad de dotar a los procesos de toma de decisiones de herramientas cuantitativas de medición: si toda decisión es en esencia emotiva, como medir qué tan buenos somos decidiendo?

Dice Retina:

Las decisiones de negocios no se toman estrictamente de acuerdo con la razón. La investigación en psicología, las ciencias cognitivas y la economía del comportamiento han demostrado que la emoción influye en todo lo que hacemos, incluido el pensamiento y la toma de decisiones.

De donde la discusión sobre la rigurosidad de tal o cual decisión no pasa tanto por su carácter puramente racional -que no existe- sino sobre el cínico reconocimiento de los límites del raciocinio y de la rigurosidad lógica en la toma de decisiones.

Y no es fácil: no sirve de nada insistir con argumentos racionales ni ofrecer algo a cambio. Uno de los primeros pasos a dar es establecer y demostrar credibilidad. En el lugar de trabajo, son los contactos que tienes en la empresa y tu experiencia quienes te avalan.

Con Pretely asignamos ponderaciones de credibilidad a los tomadores de decisiones, a los analistas e incluso a los cuerpos colegiados.